La generación cabreada salió a la calle y quemó contenedores. Arrasaron con comercios, papeleras y farolas. Robaron cuanto pudieron, destrozaron cuanto les vino en gana. Había caras ensangrentadas y policías ardiendo. La mañana siguiente la televisión y youtube estaban llenos de vídeos y todo el mundo se avergonzaba y se llevaba las manos a la cabeza. Pero todos estaban felices de tener unas imágenes tan impactantes que llenaran de morbo la sobremesa. Los índices de audiencia no rozaron los cielos, pero nadie se quejó de que un policía muerto saltara al primer plano a la hora de la siesta. La generación cabreada no ganó mucho con ello. Un poco de represión y unos pocos bienes para sentirse más vacíos si cabe. Todo siguió igual que antes, algo más sucio, algo más roto. No brotaron flores en mitad del asfalto ni la vida los miró con mejores ojos por haber mostrado su enfado. Ni siquiera nadie se preguntó, como antes, si tenían o no razón para cabrearse. Los años pasaron y la generación cabreada recibió muchos palos. Nadie se preguntó si justos o no. Y a nadie le importó lo más mínimo.